Porteño y arrabalero. Nació en el límite de Pompeya y Patricios. Le gustaba la noche. Fue ídolo en Huracán y en Racing, donde logró el célebre tricampeonato en los ’50 y también en la Selección. Junto a Pedernera y otros fundó Agremiados tras una huelga en el ’48.
Norberto Tucho Méndez era el potrero argentino llevado al profesionalismo. Arrabal, tango, noche, talento, gambeta, desequilibrio, sorpresa y gol. Era, al cabo, un típico porteño de la década del ’30 o del ’40 pero con la diferencia que él tenía bastante más talento para jugar a la pelota que la media de los hombres de aquella época. Por eso es considerado uno de los mejores futbolistas de la historia del fútbol argentino, ídolo en el Huracán de sus amores y también en Racing, donde fue figura en el primer equipo que salió tricampeón, el del ’49, ’50 y ’51. Pero sobre todo Méndez fue un símbolo de Selección: con 17 tantos es el mayor goleador histórico de la Copa América. Y eso que no era un jugador de área.
El origen de su apodo es de lo más sencillo. “El día en que vine al mundo falleció un señor de apellido Santucho, muy querido en el vecindario. Mi madrina, en homenaje a él, me puso Tucho”, explicó alguna vez. Su barrio no era un detalle. Nació al sur de la Ciudad, entre Pompeya y Parque Patricios, zona que para los futboleros se traduce en Huracán. Desde chico fue hincha del Globito. Iba hasta la vieja cancha de Luna y Amancio Alcorta para mirar los entrenamientos y ver de cerca de su ídolo Herminio Masantonio. Siete años después de que empezara a patear en las canchas de la Quema, ese muchachito chueco, de jopo y bigotes inconfundibles ya era cómplice de ataque de Masantonio, donde también fue compañero de Alfredo Di Stéfano.
Su verdadero salto a la fama llegó con su pase a Racing, en 1948. La Academia, 13 veces campeón en el amateurismo, no había podido dar la vuelta olímpica desde el comienzo del profesionalismo. Guillermo Stábile, el entrenador en ese momento, no dudó en recomendar a Tucho, a quien había dirigido en la Selección tres veces campeona del Sudamericano en el ’45, ’46 y ’47. Fue un pase récord. En su primera temporada en Avellaneda, el título no llegó porque una huelga a poco del final del torneo terminó con las ilusiones de terminar con la mala racha. Como resultado de esa huelga, Méndez fue uno de los fundadores de Futbolistas Argentinos Agremiados, junto a grandes como Adolfo Pedernera y Fernando Bello. Pero al año siguiente sí llegó la vuelta olímpica. Y al otro también. Y en el ’51 de nuevo. Fue, así, el primer tricampeón del fútbol argentino. En la Academia jugó hasta el ’54. Luego pasó dos años por Tigre hasta que volvió al barrio para retirarse en el club de sus amores.
Además del fútbol, este interior derecho tenía otras dos grandes pasiones que a veces chocaban entre sí. Una era Olga, su mujer, a quien conocía de Pompeya desde bien purrete pero con la que recién se casó cuando pasó los ’40. “Es que le gustaba mucho la noche, era imposible amarrarlo”, contó alguna vez su esposa. Ese, en efecto, era su otro gran amor. “Sí, me gustaban la noche, los amigos, el whiskicito. La pasaba muy bien en el Marabú o en el Chantecler. Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso”, reconoció alguna vez Méndez. Tanguero, era habitué de esos dos cabarets del centro porteño, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo. La mejor noche de su carrera, en el Sudamericano del ’45, Méndez la terminó en la confitería La Quintrala, de Santiago de Chile, donde mostró sus dotes de bailarín junto a Tita Merello, que andaba de gira con una compañía teatral. Antes de esos pasos en la pista, Tucho le había convertido tres goles a Brasil, nada menos. Uno de ellos lo definió como el mejor de su carrera: un chutazo de 35 metros que se clavó en el arco brasilero. También le gustaba la farándula: hasta participó en tres películas, la más conocida Pelota de trapo.
Como pasó con muchos de los ídolos del fútbol argentino anteriores a la década del ’70, Tucho Méndez terminó su vida sumergido en la pobreza. Con una jubilación de 410 pesos que se gastaban en remedios, tuvo que cobijarse en un geriátrico de Caballito, sin poder dormir con Olga, que lo visitaba todas las tardes y los domingos lo sacaba a pasear para comer un tostado. Tucho dormía en un cuarto de tres, junto a banderines de Racing y Huracán y una foto con Bravo y Simes, con quienes formaba una delantera temida. Ni la Academia ni el Globo ni la AFA ofrecieron una ayuda económica para que Méndez llegue al final de su vida como lo que fue: una gloria del fútbol argentino. Pero él nunca lo reprocho, hasta el momento en que no pudo gambetear a la muerte a sus 75 años repetía en cada reportaje su frase más célebre: “Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante”.






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