Carlos Luna recibió a Olé en Piquillín, el pueblito cordobés donde ataja en el potrero, come asados con amigos y sueña con dar la vuelta olímpica con River: “Eso pedí en Navidad y voy a insistir esta noche”.
Piquillín está a escasos 40 kilómetros de la capital cordobesa. Apenas supera los 1.100 habitantes. Encontrar alguien después de las 14, es un milagro. Todo el mundo duerme la siesta. Si en Buenos Aires todo transcurre a 220 kilómetros por hora, en este lugarcito no haría falta poner segunda… La casa de los Luna parece un hotel: entra y sale gente constantemente. Amigos, primos, tíos… Entran sin golpear. Se sirven lo que haya, charlan un rato, patean alguna pelota suelta por ahí, y –si fuera necesario- siguen viaje; en la bici o en la motito, los vehículos habituales en la zona.
No es sólo porque nació ahí… También por cosas como éstas, a las que se acostumbró de chico, que el Chino Luna elige volver siempre. “A buscar paz”, tal como él lo dice. Y a visitar a su gente, a los que estuvieron siempre. Desde el tío solterón que está sentado en la puerta disfrutando un tinto, hasta los amigos del pueblo vecino. Esos que desde chico lo vieron hacer sus primeros goles en el playón municipal. O en la cancha de Sol de Mayo, su primer club, donde su mamá todavía sigue ayudando a los pibes. O en la canchita de pura tierra, donde jugaba con los más grandes por plata, una costumbre que sus hermanos mantienen. ¿Qué cambió? Que ahora, el delantero juega en River. Pero nada más que eso… -Qué distinto es el panorama al de Capital, ¿no? -Ja… Muy desolado. Pero es lindo. Es lo que me da tranquilidad. Extraño cuando paso mucho tiempo sin volver. Lo disfruto.






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